“Es por la edad”: 7 cambios en un adulto mayor que no conviene normalizar

“Está más lento porque ya tiene sus años.”

“Come menos porque es viejo.”

“Ya casi no sale.”

“Últimamente se olvida de todo, pero a esta edad es normal.”

Son frases que escuchamos con frecuencia.

Envejecer produce cambios, por supuesto. Una persona de 80 años no tiene por qué tener las mismas capacidades físicas que tenía a los 50.

Pero existe un riesgo: atribuir automáticamente cualquier deterioro a la edad puede hacer que pasemos por alto problemas que tienen una causa identificable y, algunas veces, tratamiento.

Una de las mejores formas de detectar esos cambios es bastante sencilla.

En lugar de comparar a esa persona con otras de su edad, podemos preguntarnos:

¿Qué podía hacer hace unos meses que ahora ya no puede hacer?

1. Cada vez camina menos

Puede comenzar de manera muy gradual.

Primero deja de hacer recorridos largos. Después necesita detenerse con mayor frecuencia. Más adelante evita salir de casa y termina pasando buena parte del día sentado.

Detrás puede haber muchas causas: dolor, debilidad muscular, problemas articulares, enfermedades cardiovasculares o respiratorias, alteraciones neurológicas, efectos de medicamentos, miedo a caerse o incluso varias de estas situaciones simultáneamente.

Caminar menos también genera un círculo difícil:

menos movimiento → menos fuerza → mayor dificultad para caminar → todavía menos movimiento.

Por eso es importante detectar el cambio antes de que la pérdida de movilidad sea importante.

2. Comenzó a caerse

Una caída puede ser accidental.

Pero cuando las caídas comienzan a repetirse, conviene preguntarnos por qué.

Hay que revisar, entre otras cosas, la marcha y el equilibrio, la visión, la presión arterial, los medicamentos y las condiciones de la vivienda.

También importa preguntar algo que muchas veces pasa desapercibido:

¿Tiene miedo de volver a caerse?

Después de una caída algunas personas comienzan a caminar menos por temor. Esa reducción de actividad puede producir pérdida de fuerza y aumentar todavía más el riesgo de nuevas caídas.

3. Está comiendo mucho menos o está perdiendo peso

En el adulto mayor no deberíamos considerar automáticamente normal una pérdida de peso no buscada.

Problemas dentales, dificultad para tragar, medicamentos, enfermedades digestivas, depresión, deterioro cognitivo, enfermedades crónicas y dificultades económicas o sociales pueden afectar la alimentación.

También puede existir algo mucho más cotidiano:

la persona vive sola y ha dejado de cocinar.

Por eso no alcanza con preguntar cuánto come.

También necesitamos saber cómo vive y quién la acompaña.

4. Está más confundido de lo habitual

Aquí importa especialmente distinguir un deterioro lento de un cambio brusco.

Los problemas de memoria que progresan durante meses o años necesitan valoración.

Pero si una persona mayor que estaba lúcida comienza en horas o pocos días a estar desorientada, somnolienta, agitada o con un comportamiento muy diferente al habitual, no deberíamos asumir simplemente que “es la edad” o que “es demencia”.

Un cambio agudo del estado mental puede ser la manifestación de un problema médico y necesita valoración.

5. Ya no maneja actividades que antes realizaba solo

A veces el primer cambio importante no aparece en un análisis.

Aparece en la vida cotidiana.

Comienza a equivocarse con los medicamentos.

Deja de poder hacer las compras.

Tiene dificultades para manejar dinero.

Necesita ayuda para vestirse o bañarse.

Ya no puede preparar sus comidas.

Estas modificaciones nos hablan de algo muy importante en medicina del adulto mayor:

la autonomía.

Conservarla durante el mayor tiempo posible debería ser uno de nuestros objetivos.

6. Pasa gran parte del día sentado o acostado

El reposo puede parecer protector, pero cuando se prolonga tiene consecuencias.

Se pierde fuerza muscular, disminuye la capacidad física y las actividades cotidianas se vuelven progresivamente más difíciles.

Esto no significa obligar a una persona enferma a realizar actividad que no puede tolerar.

Significa evitar que la inmovilidad se transforme silenciosamente en parte del problema.

7. “Ya no es el mismo”

Esta frase de la familia merece atención.

A veces resulta difícil explicar exactamente qué cambió.

Puede haber menos conversación, menor interés por actividades habituales, alteraciones del sueño, aislamiento, tristeza o simplemente una sensación de que la persona se ha apagado.

La familia conoce cómo era esa persona antes.

Por eso, cuando alguien cercano dice “algo cambió”, vale la pena escuchar.

Una herramienta sencilla para la familia

Si tenemos dudas sobre si un adulto mayor está deteriorándose, podemos observar durante algunas semanas cinco aspectos:

Movilidad: ¿camina igual que antes?

Alimentación: ¿come y mantiene su peso?

Memoria y comportamiento: ¿hubo cambios?

Autonomía: ¿continúa haciendo las actividades que realizaba solo?

Vida social: ¿mantiene conversaciones, intereses y contacto con otras personas?

No necesitamos convertir a la familia en profesionales de la salud.

Simplemente necesitamos prestar atención a los cambios.

No todo deterioro significa una enfermedad grave

También es importante evitar el extremo contrario.

No cada olvido significa demencia.

No cada caída significa una enfermedad neurológica.

No cada día de cansancio necesita estudios.

Lo que debería llamarnos la atención es principalmente el cambio respecto al funcionamiento habitual de esa persona, especialmente cuando progresa o afecta su autonomía.

Envejecer es inevitable.

Perder progresivamente capacidades sin preguntarnos por qué, no debería serlo.

A veces podremos encontrar una causa y tratarla.

Otras veces podremos adaptar el entorno, revisar medicamentos, mejorar la alimentación, recuperar movilidad o proporcionar apoyo a la familia.

Y habrá situaciones en las que no podamos revertir el problema.

Incluso entonces podemos hacer algo importante:

comprender qué está ocurriendo y buscar la mejor manera posible de cuidar.

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